Hace un instante otro punto en común entre el derecho y la literatura se me hizo carne.
Sentado en el escritorio tecleo
con entusiasmo unas ideas sobre la violencia en el mundo del trabajo. El
confinamiento al que nos empujó el Covid me ha dado la posibilidad de escribir algunas
reflexiones sobre la problemática que hace tiempo vienen dando vuelta por mí
cabeza. Una serie de ensayos que podrían integrar un libro en el futuro.
Suena mi celular. Un colega y
amigo me invita
a escribir un texto para una obra que está coordinando. Me pide que escriba
algo sobre la situación que estamos atravesando. La propuesta me interesa pero
también me corre de mi eje. Le agradezco la oportunidad, pero rechazo su
ofrecimiento.
Cuelgo y trato de
seguir con mis asuntos. De avanzar en las conclusiones de uno de los ensayos. Advierto mi
fragmentación. Googleo “cuarentena”, “trabajo”, “derecho del trabajo” y
encuentro cientos de notas, artículos, publicaciones: “¿Qué pasa con los contratos de trabajo que no pueden seguirse
ejecutando y que no son adaptables al teletrabajo?” “¿Qué pasa con los
accidentes o con la cobertura de la ART?” “¿Cómo se va a determinar la suma no
remunerativa que los empleadores deberían pagar a los trabajadores que deban
suspender sus contratos de trabajo…?”.
Me levanto del
escritorio dispuesto a ir a la cocina para prepararme una infusión. Busco dispersarme
del todo para volver a centrarme. Abro el Whatsapp. Comienzo a ver los
mensajes. Natalia, me dice que su empleador le pidió que renuncie a cambio de
cierto monto de dinero. Micaela, que su jefe la obliga a ir a trabajar, que
ella vive con su abuela. Teme ir enfermarse y contagiarla. “No voy a ir, no me importa perder el trabajo”
me dice. Noelia, me escribe diciendo: “Entre
los clientes y lo chicos me están matando… No puedo más…”. Me preguntan qué
pueden hacer. De
repente siento el impulso de llamar a amigo. De retractarme y aceptar su
propuesta. De escribir sobre esas historias. Sobre esas manifestaciones de
violencia de las que nadie habla.
- ¿Terminaste?”-, me dice Bea por
la espalda.
- No, aún no. Me vine a hacer un
té- le respondo.
Dejo el celular en la barra de la
cocina. Preparo el té en silencio y vuelvo al escritorio dispuesto a continuar
con mi ensayo. A
veces, para poder terminar lo que se empieza hay que ser indiferente frente a
ciertos estímulos.
En el trayecto recuerdo un texto de Pedro Mairal. Una publicación de su blog “El señor de abajo”, que luego encontraría en Maniobras de evasión.
La primera vez que la leí, pensé en las periferias de otros congresos, en otras ferias, en otras combis, en otros hoteles. Ahí también hay novelas para contar. Ahora pienso en otras historias que no escribimos. Pienso Natalia, Micaela y Noelia. ¿Cuántas renuncias se habrán pedido frente a la imposibilidad de despedir? ¿Cuántos abusos se cometen en estos contextos?
Hay historias que no se
encuentran ni en los ensayos de la doctrina, ni en los expedientes judiciales.
Las similitudes entre el Derecho y
Literatura pueden encontrarse tanto en extensas obras filosóficas como en pequeñas
obras literarias. En las palabras de Dworkin, Ost y Roggero o en el silencio de
una breve entrada de blog.


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