El trabajo después del trabajo. Ensayo sobre fábricas y fabricaciones… por O.E. Benitez

 



Cerró otra fábrica

No fue noticia de portada. Apenas una línea perdida entre los titulares del dólar, los anuncios políticos y los memes del día. Cerró otra fábrica más. Como si ya no importara. Como si no cerrará también, con cada portón oxidado, una forma de organizar el tiempo, los vínculos, el sentido.

Mi padre se quedó sin trabajo cuando cerraron la suya. Era 1991. Época de ajustes, de silencios largos, de planes inconclusos. Nuestra familia se mudó a Dolores, buscando quizás un nuevo comienzo. Pero lo que devino fue un derrumbe. Primero el desempleo, después la tristeza, el alcohol, la violencia. Mi padre se fue volviendo oscuro. Decía cosas raras. A mí me avergonzaba. A veces también me asustaba. 

Fue su corazón el que nos dio una segunda oportunidad. Después de un infarto, dejó de beber, se repuso de su depresión y se convirtió en un gran padre. Nunca más volvió a trabajar fuera de casa. Se ocupaba de nosotros. Cocinaba, limpiaba, nos despertaba con el desayuno. Se hizo amigo de los vecinos. Se volvió sabio. Un sabio simple, que sabía cocinar, limpiar, contar historias y darnos abrazos en el momento justo. Me acompañó a la distancia mediante cartas en mis años de estudio en Buenos Aires. Lo recuerdo sentado en la puerta esperándome. También recuerdo como me alentó a seguir cuando quise dejar la carrera. "Terminá lo que yo no pude", me dijo. Cuando murió, lloré como nunca. No llegó a verme recibido. Pero me recibió a mí en su momento. Me sostuvo. Me enseñó que la transformación es posible. Me enseñó, también, que el trabajo es más que un salario. Es identidad, pertenencia, ritmo, lenguaje. Cuando se pierde, se desorganiza todo. Aquel trabajo con sus horarios y reglas tenía un adentro y un afuera. Hoy, todo eso está difuminado. Mi padre tardó 10 años en encontrar trabajo después del trabajo. Y no se sí fue consciente de que lo había encontrado. 

¿Cuántos trabajos realizamos de forma inconsciente? ¿Cuánto trabajo, además del cuidado, está invisibilizado, naturalizado, desvalorizado? Hoy el trabajo ya no es la fábrica o la oficina. Hoy el trabajo ya no es un lugar. Es un estado. Una notificación. Una urgencia. Un "te llamo rápido". Un mensaje de domingo. Y más…


Los discursos…

Hace poco, en una jornada sobre derecho y tecnología, escuché a un expositor que decía entusiasmado:

El mundo cambió. El trabajo hoy es ubicuo: se puede trabajar desde cualquier parte del mundo. En una playa, por ejemplo. Y trabajar menos. Más feliz. Las relaciones laborales son vínculos no elegidos, por eso hay que reducirlos al mínimo. No se puede forzar lo que no se elige. 

Muchos aplaudieron. Yo no. Es cierto que el mundo cambió, pero también es cierto que ese cambio no es neutro, ni equitativo, ni inocente. Hay una narrativa que romantizar la conectividad sin pausas, la flexibilidad sin contención, el multitasking como virtud, el individualismo como libertad. La forma en que percibimos el mundo, nuestra subjetividad, no está exenta de fabricaciones. 

La hiperconectividad es, muchas veces, una fábrica que nunca cierra. Que no tiene reloj ni puerta. Que nos acompaña a la cama, al baño, al cumpleaños. Que coloniza el tiempo y disuelve los muros, las paredes, los bordes, los límites. El trabajador o trabajadora ideal de hoy ya no es quien llega temprano, sino quien siempre está. El que responde rápido. El que se auto explota con una sonrisa. El que no protesta. La hiperconectividad es, también, un estado de permanente alerta. Es un bombardeo de mensajes constantes, el pedido de constante reporte 

- ¿No viste el mail que llegó? 

- No ¿cuando?

- Recién 

No soy un pesimista tecnológico. Creo en el derecho a trabajar desde otros lugares, en la potencialidad del acceso remoto, en la democratización del conocimiento, en el trabajo colaborativo. Pero también creo que hay cuerpos, hay subjetividades, hay vínculos que necesitan descansos. Incluso de estímulos. Nuestra soberanía cognitiva lo pide. 


Parar, detenerse…

El otro día hubo un paro general, convocado como forma de protesta. Fue una medida legítima, cargada de sentido histórico. Pero en muchas oficinas, todo siguió como si nada. Las plataformas no paran. Los mensajes siguen llegando. El Zoom no entiende de huelgas. Para muchas personas trabajadoras, el paro se volvió casi imperceptible. Bastaba con conectarse. Con normalidad. Con producir.

Es ahí donde la tecnología, que tanto promete, también se muestra como herramienta de desmovilización. La distancia física, la dispersión, la invisibilidad, pueden debilitar también los cuerpos colectivos. Por eso, los sindicatos también deben interesarse —y con urgencia— por garantizar la efectiva vigencia del derecho a la desconexión. No solo como una forma de garantizar los límites de la jornada y la protección frente al burnout, al insomnio o a la ansiedad, sino como una condición necesaria para ejercer derechos colectivos. El derecho a parar también necesita de la desconexión.

No se trata de romantizar el pasado, ni de negar los aportes de lo nuevo. Se trata de evitar que la pantalla se transforme en un velo. Que la comodidad de lo remoto termine socavando la potencia de lo común.


El fin ¿de que?

Cerró otra fábrica y no será la última. Se dice que poco a poco el trabajo irá desapareciendo, que será inevitable. Que hay que trabajar en nuestra resiliencia. Si, a veces la resiliencia se parece a la resignación.

Hace unos días, Elon Musk fue entrevistado sobre el futuro del trabajo. Dijo algo inquietante:
El gran problema no será el desempleo. Será la pérdida de sentido.

Sentí que, por una vez, el millonario tocaba una verdad profunda. El fantasma de la desocupación que recorre el siglo XXI no irá solo, sino que irá acompañado del sentimiento de vacío. De la pérdida de sentido, de no ser necesario. De no tener un lugar desde el cual aportar, crear, transformar. ¿Acaso no es eso el trabajo? ¿No es el trabajo, con todos sus excesos y tensiones, nuestra principal fuente de identidad y propósito? La inteligencia artificial podrá escribir ensayos o gestionar sistemas, pero no puede automatizar el valor de sentir que lo que hacemos importa. 

La pregunta ¿Para qué trabajamos? Siempre ha estado presente, tanto en los textos jurídicos, psicológicos, económicos, como de autoayuda. No hay respuesta única. A mi me gusta pensar que hay un norte: el trabajo debe ser una fuente de sentido, no de sometimiento. Una experiencia humana, no una simulación maquinal. Una práctica que nos vincule con otros, no que nos encierre en la ficción de la autosuficiencia. “Nadie se salva solo” escuchamos repetir como rezo estos días.


¿Y como sigue?

El futuro del trabajo no está escrito. Pero si lo escriben sólo los algoritmos, las plataformas y los discursos del optimismo digital, corremos el riesgo de que esté vacío de alma, de cuerpo, de historia.

Quizás, parte de ese nuevo paradigma consista también en mirar con otros ojos el valor del trabajo de cuidado. Ese que no se mide en planillas, pero sostiene la vida misma. Invisibilizado, feminizado, desigualmente distribuido, central.

A veces me pregunto si lo que hacía mi padre por nosotros era amor o trabajo. No lo sé, a veces creo que ambas cosas, que en eso que hoy llamamos trabajo, también puede haber amor. No creo que el trabajo y el amor sean conceptos dicotómicos. Sí estoy convencido que si el trabajo del futuro ha de tener sentido, no puede ignorar esa dimensión esencial: cuidar, sostener, acompañar. No todo se puede ni tercerizar ni automatizar. No todo debe ser rentable. No todo vínculo es ruido, no toda comunicación es carga. Que hay vínculos que curan. Incluso los no elegidos.

Hoy más que nunca necesitamos un derecho al tiempo realmente libre. Quizás no para seguir consumiendo -productos o información-, sino para la pausa, para la presencia. Un derecho a no estar conectados que, inclusive, desborda el ámbito laboral, no para evadir responsabilidades, sino para hacernos cargo de nuestras realidades. También para cuidar. Cuidarnos nosotros. Para cuidar a otros. Para volver a lo esencial.

Creo que en el poder de la desconexión, en el poder de los espacios, en la sensitividad y sensibilidad de los cuerpos, no para volver atrás, sino para no olvidar que somos humanos y que tenemos proyectos, derechos y sueños propios que también podemos fabricar.

Cerró otra fábrica. Pero hay otras que siguen funcionando... Invisibles. Incansables. 



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